Consejos para un científico emigrante

Este artículo se publicó originalmente en Fuga de cerebros, un blog del portal de divulgación científica Naukas. Lo reproducimos aquí con permiso de su autor, Pablo Rodríguez-Sánchez, actualmente estudiante de doctorado en los Países Bajos.

Llevo tiempo dudando sobre si escribir o no este artículo. Al fin y al cabo, mi experiencia como científico emigrante quizá no se corresponda con la tuya. Pero por otro lado, mi experiencia es la única sobre la que puedo escribir con autoridad… y en mi blog mando yo. Así que, allá voy.

Mi principal motivación al escribir este artículo es la de combatir lo que yo llamo “el axioma del emigrante desdichado”. Cada vez que se habla de fuga de cerebros en los medios se suele dar por sentado que todos y cada uno de los emigrantes estamos pasándolo fatal y deseando volver a casa. No seré yo quién niegue que, en efecto, muchos tienen este muy legítimo deseo… pero lo que me chirría es el “todos y cada uno”. Para algunos de nosotros, de hecho, regresar no es más que una de muchas posibilidades. Y no necesariamente la primera en nuestra lista.

El axioma del emigrante desdichado ha calado profundamente en la sociedad. Tengo un amigo, que me escribe con cierta frecuencia, que es un excelente ejemplo. Sus e-mails tienen siempre un tono de sincera y cariñosa preocupación, ofreciéndose a enviarme cosas tan dispares como jamón o cacao en polvo. Siempre declino amablemente sus ofertas, y ya le he explicado varias veces que aquí no me falta de nada… pero, de algún modo, no me cree. Los emigrantes son desdichados, todo el mundo lo sabe.

Tengo más anécdotas, claro. Ya he perdido la cuenta de las veces que he oído frases proféticas del tipo: “¡verás cuando llegue el primer invierno!”“ya me dirás cuando lleves seis meses”, etcétera. El caso es que llevo ya más de año y medio en Holanda, y sigo encantado de la vida. Por cierto, el primer invierno fue una delicia (más suave que el de mi Guadalajara natal), y el segundo (helador y nevado) aún lo fue más.

¿Cuál es mi secreto?, ¿por qué y cómo he violado el axioma del emigrante desdichado? Lo cierto es que no lo sé. Ha sido una amalgama de circunstancias personales y también, supongo, un toque de buena suerte. Tras esta advertencia, dejo aquí algunos consejos que me han ayudado a sentirme en casa en estas tierras lejanas:

  • Sácate de la cabeza la idea de que toda emigración es una tragedia. Es cierto que la motivación, que en el caso de los jóvenes científicos suele ser la imposibilidad de encontrar trabajo en casa, no es la más halagüeña. Pero eso no tiene por qué condicionar tu experiencia personal; esa es tuya y sólo tuya, y puede ser enormemente satisfactoria.
  • No te vayas para volver. Estos primeros años fuera serán de vital importancia tanto formativa como personal. Pueden pasar montones de cosas, y que acabes trabajando en la universidad de la ciudad en que naciste es sólo una de muchas posibilidades. Puede que ni siquiera sea la mejor.
  • Aprende los rudimentos del idioma local, el que se hable en la calle. No hace falta que te presentes al próximo premio de literatura, pero adquiere un nivel suficiente como para poder entender de qué va un texto. Antes de que te des cuenta, podrás mantener una conversación simple. El mero hecho de entender los carteles del supermercado, o de acostumbrarse al sonido, eliminará gran parte de la sensación de estar en un lugar ajeno. Como hablante de español cuentas con una ventaja: conocerás a mucha gente interesada en aprender tu idioma; ¿por qué no ofrecerles un tándem?, yo te enseño español, tú me enseñas tu idioma. Otra herramienta excelente (y gratuita) para adquirir un nivel básico es Duolingo.
  • ¿Te gusta viajar?, ¿te gustan las nuevas experiencias?. Si has respondido que sí, por favor, deja de quejarte porque se cena a las 18:00, no se vende tu marca favorita de galletas, conducen por la izquierda o pronuncian raro la erre. En lugar de comparar todo con tu barrio, disfruta del exotismo.
  • Es muy probable que muchos de tus compañeros de trabajo sean también emigrantes, y por tanto se encuentren en la misma situación que tú. Esto tiene sus ventajas: por un lado, todos hablaréis un idioma común y te será muy fácil socializar. Pero también tiene sus desventajas: el idioma común que habláis será, seguramente, una segunda lengua para casi todos. Eso, unido al “efecto colegas del curro” puede hacer difícil construir relaciones más allá de tomar unas cervezas de cuando en cuando. Ser consciente de las peculiaridades de esta forma de interacción social ayuda bastante.
  • Usa las redes sociales. Por suerte, emigrar hoy no es como en el siglo XIX. Es sorprendente la sensación de cercanía que producen.
  • No idealices tu país de origen. Cuando veas algo que te desagrade de tu nuevo hogar, piensa si también sucedían en casa; te sorprenderá cuán a menudo es así.

Y ahí quedan. Espero que sirvan a alguien. Para todo lo demás, dejen sus comentarios.

Esta entrada se ha beneficiado grandemente de los comentarios de Carmen Agustín Pavón (@CarmenAgustin), José María Mateos y Sergio Pérez Acebrón (@Acebron), que ya en 2009 escribía esto. Ellos son algunos de los miembros de esta ilustre casa que pueden hablar de la emigración científica con conocimiento de causa.

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